viernes, 13 de abril de 2018

ARMAS DE DESTRUCCIÓN MATEMÁTICA (2016), DE CATHY O´NEIL. CÓMO EL BIG DATA AUMENTA LA DESIGUALDAD Y AMENAZA LA DEMOCRACIA.

A todos nos ha pasado alguna vez: hemos realizado alguna búsqueda en internet - vuelos, libros, ropa... - y curiosamente la publicidad de las páginas que visitamos habitualmente se transforma y se vuelve más tentadora, se adapta a nuestros gustos e intenta seducirnos. Si no consumimos en aquella búsqueda, para que lo hagamos esta vez. Si lo hicimos, para que consumamos más. Internet analiza nuestra navegación y cada vez hila más fino para actuar en consecuencia. A las internacionales no le interesan tanto nuestros datos personales como nuestros gustos y debilidades de consumo. Cuando nos conocen un poco en este aspecto, nos clasifican, nos analizan y nos vuelven a clasificar junto a otros miles de usuarios que son nuestras almas gemelas en cuanto a gustos y compras.

Durante años Cathy O´Neil, brillante matemática, trabajó desarrollando algoritmos para empresas que estaban empeñadas en racionalizar el casi infinito torrente de datos que destila internet cada minuto y aprovecharlo para lanzar nuevos productos, desechar cierto tipo de clientes o para potenciar otros. Se trata de clasificar y clasificar hasta simplificar el procedimiento y filosofía de ventas y detectar necesidades (reales o ficticias) y vulnerabilidades psicológicas en el consumidor:

"El mundo real, con todo su desorden, es considerado (...) como un mundo aparte. Tienden a sustituir a las personas por rastros de datos y convertirlas así en compradores, votantes o trabajadores más eficaces con el propósito de optimizar ciertos objetivos. Es fácil de hacer y de justificar cuando el éxito llega como puntuación anónima y las personas afectadas son tan abstractas como los números que van pasando por la pantalla." 

En Armas de destrucción matemática O´Neil denuncia ante todo el aprovechamiento de este nuevo petróleo que son los datos por parte de las clases más acomodadas para consolidar - aún más - su poder y su dinero. Además, utilizan un arma aséptica, contra la que su víctimas no pueden rebelarse, puesto que no existe un ser humano al que culpar de los errores que pueden cometer los algoritmos. Pero la utilización del Big Data no solo se usa para comerciar: también las administraciones públicas empiezan a conocer su peligroso atractivo. Ya se han realizado experimientos con la policía, analizando las zonas dónde es más probable que se cometan delitos, las horas y e incluso quienes son los potenciales delincuentes, lo que hace que muchos inocentes se vuelvan de repente sospechosos (por contar con una serie de características que ha localizado el algoritmo) y sean acosados por las fuerzas del orden. Pero lo más atractivo para los políticos es la posibilidad de dirigirse a cada votante con el mensaje que cada cual quiere escuchar, conociendo las inquietudes de ciertas zonas y de ciertos tipos de personas. Ya hay sospechas, muy fundamentadas, de que se ha empezado a utilizar este mecanismo perverso en la campaña que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump:

"La convergencia del big data y el marketing de consumo ha entregado a los políticos nuevas herramientas mucho más poderosas. Ahora pueden dirigirse a microgrupos de ciudadanos para conseguir votos o dinero y para atraerlos con un mensaje meticulosamente pulido, un mensaje que probablemente nadie más vea. Puede ser un banner de Facebook o un correo electrónico solicitando fondos. Y cada uno de ellos permite a los candidatos vender silenciosamente múltiples versiones de sí mismos... y nadie sabe qué versión será la que ocupará el despacho después de la toma de posesión."

El Big Data ya está afectando - casi siempre negativamente - a la vida de muchos ciudadanos, sobre todo en Estados Unidos, país pionero en todo tipo de tendencias que se extienden rápidamente por todo el mundo. Trabajadores que han de enfrentarse a horarios de locos en pos de la eficiciencia de la empresa, servidos en bandeja por programas que analizan el flujo de clientes hora a hora. Gente sin empleo, muy vulnerable, a las que se les ofrece carísimos cursos universitarios bajo la promesa de prestigio y un empleo seguro y a los que en realidad se somete a una espiral de deudas o gente que es clasificada, muy a su pesar, en ciertos grupos de riesgo, lo cual los somete a primas de seguro abusivas. 

Este es el nuevo mundo al que nos enfrentamos, un futuro inevitable, ya que todos aportamos nuestros granito de arena otorgando datos de nuestros gustos, costumbres, itinerarios, salud o estudios en redes sociales, navegación por la web o a través de aplicaciones de teléfonos móviles. Por muy prudentes que seamos a nivel individual, si tenemos la desgracia de ser clasificados en ciertos grupos de riesgo, nuestra existencia se puede ver dificultada en los más diversos aspectos. Armas de destrucción matemática se convierte así en una advertencia amarga escrita por una profunda conocedora de las interioridades que construyen la nueva realidad a la que ya estamos siendo sometidos.

viernes, 6 de abril de 2018

UN ANDAR SOLITARIO ENTRE LA GENTE (2018), DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA. LAS ENSOÑACIONES DEL PASEANTE SOLITARIO.

Caminar no solo sirve para desplazarnos de un lado a otro. También sirve para hacer ejercicio y, sobre todo, para observar a nuestros semejantes, las arquitecturas que nos rodean y reflexionar acerca de la forma de vida capitalista que hemos adoptado como propia. Con este propósito parte el libro más experimental de Antonio Muñoz Molina, uno de los escritores españoles que más prestigio internacional ha adquirido en las últimas décadas. Un andar solitario entre la gente se compone de literatura de fragmentos. De reflexiones del caminante que se van plasmando en un cuaderno. Pero el escritor lleva su propuesta un poco más allá. Quiere ser un observador total, registrar cada fragmento de realidad (en muchas ocasiones va grabando todos los sonidos de los lugares por los que pasa con su móvil), como si se tratara de una especie de cronista del presente inmediato. Por eso no es raro que lo que más llame su atención sean los anuncios que se encuentran a cada paso, esas frases dirigidas en primera persona al lector, que lo tutean e intentan seducirlo para que adquiera un producto. Cada uno de los párrafos del libro van precedidos de una de estas frases que pretenden ser impactantes y que, hoy por hoy, también son una forma de literatura.

Uno de los aspectos que más llaman la atención de la nueva propuesta de Muñoz Molina es que su elaboración se ha tornado una especie de obsesión por parte del autor, recopilando horas de grabación y cientos de páginas de escritura, para poder seguir con el vicio de caminar cada día al encuentro del azar:

"No elijo los itinerarios más rápidos, sino los que me parece que serán más provechosos. Casi no voy en bicicleta y nunca en taxi. Voy caminando o en metro. Las preocupaciones y las obsesiones se disuelven en la observación incesante. Soy no lo que pienso o recuerdo o imagino, sino lo que van viendo mis ojos y lo que escuchan mis oídos, el espía en la misión secreta de percibirlo todo, de coleccionarlo todo."

Pero el escritor no está solo en sus caminatas, se hace acompañar por ilustres predecesores, como Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y, sobre todo, por ese mártir de la literatura y el conocimiento que fue Walter Benjamin. Muñoz Molina intenta a veces seguir sus pasos - cuando está en París o en Nueva York - como si sus pisadas fantasma de sus antiguos itinerarios siguieran impresas en las aceras. Mientras tanto, hay tiempo para hablar de todo, para describirlo todo. El torrente verbal del autor de Sefarad encuentra una nueva versión en esta historia sin principio ni final, caótica como la vida misma, tomando unos riesgos muy propios de un escritor que ya ha demostrado su capacidad en el pasado:

"Me gusta la literatura que me trastorna y me embriaga como vino o música, que me saca de mí, que me fuerza a leerla en voz alta y a favorecer su contagio, que me explica el mundo y me pone en pie de guerra con el mundo y me refugia de él y me revela con la misma vehemencia todo su horror y toda su belleza."

Un andar solitario entre la gente no es un libro propio para todos los paladares. Para abordarlo es necesario contar con un estado de ánimo sereno y disfrutar con las observaciones, a veces puntillosas hasta lo obsesivo, de un escritor que quiere explicar el mundo o al menos una parte del mismo. Y después de la lectura, lanzarse a recorrer caminatas propias que nos permitan observarlo todo y analizarlo todo, aunque nunca lleguemos a entender nada del todo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO (2012), DE PABLO D´ORS. BREVE ENSAYO SOBRE LA MEDITACIÓN.

El comentar que la vida actual no nos deja tiempo para dedicarnos a nosotros mismos es uno de esos tópicos de cuya certeza prácticamente nadie duda. Quienes tienen que compatibilizar el ser padres con trabajos cada vez más estresantes y exigentes, solo piensan en volver a casa para cenar y quedarse dormidos viendo la tele. Así que hablar de dedicar un espacio diario a la meditación en estos tiempos resulta algo casi extravagante. Pero esta es la propuesta que realiza el escritor y sacerdote Pablo d Ors, en un ensayo tan pequeño como intenso y honesto. 

D Ors no quiere engañar al lector: él parte de su experiencia personal y de su técnica de meditación: la más dura y cruda, consistente en sentarse a solas y en completo silencio, en una postura vagamente incómoda y dejar a la mente a su libre albedrío. Una actividad a la vez sencilla y complicada, desesperante y, según nos dice él, intensamente terapeútica. Si a diario la publicidad nos machaca con la necesidad de que vivamos experiencias cada vez más intensas, las coleccionemos y las subamos de inmediato a nuestras redes sociales. Según el autor, es mejor tener pocas experiencias, pero que éstas sean de calidad durarera, de ritmo pausado, que nos marquen y nos cambien. En realidad la meditación consiste en simplificar el mundo para comprenderlo mejor y advertir hasta que punto formamos parte del mismo:

"Para alguien como yo, occidental hasta la médula, fue un gran logro comprender, y empezar a vivir, que yo podía estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un confundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones a las que tan acostumbrado estaba por mi formación." 

La meditación se define también como una especie de filosofía del presente, en la que no caben miedos ni ansiedades. Además, es posible que con ella nos conozcamos mejor (al yo del presente) y nos perdonemos a nosotros mismos nuestras acciones erróeneas del pasado. Además, también ayuda a construir herramientas íntimas que permitan afrontar los problemas futuros, hasta el punto de lograr no darles importancia, vivirlos como eventualidades lógicas de nuestro ciclo vital, sin dramas y, por lo tanto, sin sufrimientos inútiles.

"La práctica de la meditación a la que me estoy refieriendo puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo. (...) Queremos estar con nosotros: nuestra inconsciencia habitual lo rehuye, pero nuestra conciencia más honda lo sabe."

Por supuesto que se trata de un viaje difícil. Los resultados nos son rápidos y a veces no llegan nunca. Personalmente, nunca he practicado meditación. Supongo que será por falta de paciencia, más que de tiempo y que mi mejor forma de relajarme, de encontrarme conmigo mismo, se produce cuando estoy en silencio con un buen libro entre las manos. Quizá algún día pruebe la interesante propuesta de D´Ors, pero no será pronto, creo. La promesa del fin de los miedos y la ansiedad que continuamente atenazan al ser humano es muy tentadora, pero el camino muy árido. Lo mejor es acercarse a este librito, que casi se lee de una sentada y que cada uno le saque el provecho que mejor convenga a su forma de vida.

lunes, 26 de marzo de 2018

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS (2017), DE MARTIN MCDONAGH. EL DISCURSO MÁS INQUIETANTE.

Está bastante claro que las libertades artísticas viven un moneto de regresión en occidente. Y la razón no es el advenimiento de una nueva ola de totalitarismo, como la que acechó a Europa en los años treinta - aunque la llegada de Trump a la Casa Blanca pudiera hacer pensar lo contrario -, sino la dictadura de lo políticamente correcto, cada vez más evidente en los últimos productos que Hollywood está produciendo. Es estupendo que se lancen nuevas historias protagonizadas y dirigidas por mujeres y que otorguen visivilidad a minorías que hasta ahora solo han tenido cabida en la pantalla grande como estereotipos. Un ejemplo positivo de esta nueva tendencia es la magnífica serie Happy Valley, que muestra a una protagonista cuya heroicidad cotidiana es tan humana como imperfecta, por lo que sus capítulos se insertan en una realidad verosímil. Pero, al final, el infierno está empederado de buenas intenciones: decirle a los creadores qué historias deben contar, qué género deben tener sus protagonistas, qué razas son las opresoras y cuáles las oprimidas hace que surjan productos tan inverosímiles como la nueva película de McDonagh, que suspende absurdamente su credibilidad en pos de un discurso ideológico muy concreto.

Tres anuncios en las afueras (y aviso que a partir de aquí voy a desvelar partes esenciales de la trama), nos presenta a Mildred Hayes, una mujer madura que acaba de perder a su hija de la peor manera posible: violada y asesinada. Como estima que la policía de su localidad no ha hecho gran cosa para capturar al asesino, decide denunciar la situación pagando la instalación de tres anuncios en las afueras del pueblo que culpabilizan directamente al jefe de policía, William Willoughby, un profesional honesto y muy apreciado por sus conciudadanos y que, para más inri, es víctima de una enfermedad terminal, aunque eso no le impide seguir vistiendo el uniforme.

Con esta premisa de inicio, el conflicto entre la madre coraje y el resto de los personajes está servido. Mildred no acepta las explicaciones que le da el jefe de policía en el sentido de que se ha hecho todo lo posible por resolver el caso. Ella es una madre justificadamente airada, que no es capaz de observar nada más allá de su dolor. Para complicarlo todo más aparecen en escena otros elementos: un policía racista y el marido de Mildred, un maltratador que la ha dejado para irse a vivir con una jovencita de diecinueve años. Ya antes del asesinato de su hija la vida de Mildred era un eterno conflicto familiar. En cierto momento de la película nos enteramos que la noche fatal de la violación y asesinato, se negó a dejarle el coche a su hija. "Pues volveré andando, puede que me violen", le dice la hija. "Ojalá te violen", contesta la madre. Todo muy tremendo.

Pero es que Tres anuncios en las afueras no solo dibuja situaciones y personajes con trazo grueso, sino que suspende la credibilidad de la trama en numerosas ocasiones: el policía racista le pega una paliza a un ciudadano y lo arroja por la ventana a plena luz del día y frente a la comisaría. El nuevo comisario - un negro que llama blanquitos a sus subordinados - asiste impasible a la escena y luego le pide la placa y el arma al violento policía y le deja ir a casa, como si un intento de asesinato realizado por un representante de la autoridad no tuviera más consecuencias. Esa noche, Mildred, harta de todo, arroja numerosos cócteles Molotov a la Comisaría y la incendia. Al parecer, la Comisaría tiene un horario parecido al de El Corte inglés y cierra por las noches, aunque, a diferencia de los grandes almacenes, la policía no estima que haya que dejar en la misma vigilancia alguna. Casualmente, el policía racista, que ha sido suspendido en la escena anterior, estaba dentro, porque le han dejado realizar una última visita, a solas, para recoger una carta que le escribió el jefe de policía poco antes de suicidarse, para evitar a su familia la agonía de verle sucumbir a la enfermedad. A punto de morir abrasado, el policía racista es ingresado - también casualmente - en la misma habitación del joven al que ha estado a punto de matar. Como es lógico, el joven, al reconocerle, le perdona de inmediato y le ofrece un zumo en señal de amistad. Como es lógico también, la consecuencia de todo ello es que el policía racista cambie de repente y se convierta de la noche a la mañana en un ser concienciado, hasta el punto de que convierta la lucha de su hasta entonces odiada Mildred en una cruzada personal.

Pero es que no acaban aquí las escenas surrealistas: en un determinado momento Mildred recibe la visita de su marido, el maltratador. Como éste no soporta su actitud borde y su lenguaje soez, no se le ocurre otra cosa que agarrarla fuertemente del cuello contra la pared de la cocina. Viendo la situación, el hijo de ambos no duda en tomar un cuchillo y ponerlo en el cuello de su padre. A todo esto, entra en la habitación la joven novia del maltratador. Echa una mirada a la situación, sonríe y pregunta dónde está el baño. Se lo indican y los tres que estaban a punto de matarse se tranquilizan inmediatamente, se sientan a desayunar y Mildred abraza a su exmarido cuando éste recuerda a la hija muerta: todo muy creíble. Como la trama tiene que tener un final, el director se inventa la visita de un tipo a la tienda que regenta la protagonista que, sin comerlo ni beberlo, insinùa que es un violador y luego se marcha. Posteriormente, el expolicía racista escucha por casualidad a ese mismo tipo alardeando de su hazaña: se pelea con él (una sutil treta para conseguir una muestra de su sangre) y con ella va triunfante a la Comisaría de la que le echaron (por cierto, tampoco conocemos cómo es tan rápida y milagrosa la recuperación de un tipo con medio cuerpo quemado, pese a las terribles secuelas que muestra), dónde no tienen problema en cotejarla con los archivos a nivel nacional. El resultado es negativo: el tipo no es el violador de la hija de Mildred. Pero a pesar de todo, es un violador. ¿No ha alardeado él mismo de ello? ¿qué otras pruebas harian falta? Así que lo más lógico, al menos desde el punto de vista de Mildred y el expolicía racista es buscarlo y matarlo. Ni siquiera Harry el sucio se hubiera atrevido a tanto, pero así son estos tiempos. Las garantías jurídicas pueden quedar suspendidas en ciertos casos y no estaría mal - según dice Mildred en un determinado momento - crear un registro genético que incluya a todos los hombres nada más nacer, para así tener bajo a control a todos los potenciales violadores, que incluyen al cien por cien de la población masculina. Por suerte, el perturbado discurso de Mildred, propio de una madre dolorida y desesperada, es contestado por el jefe de policía (esta escena transcurre poco antes de su suicidio), recordándole que los derechos civiles todavía existen.

Desde un punto de vista formal, Tres anuncios en las afueras es una película solvente, pero con un guión desastroso, repleto de agujeros, cuyo único afán es mostrar un determinado discurso ideológico a costa de lo que haga falta. Antes, muchos críticos cinematográficos tildaban las películas de Harry el sucio o las protagonizadas por Charles Bronson en su eterno papel de justiciero urbano, como de ideología fascista, simplemente porque los protagonistas se tomaban la justicia por su mano y mostraban al espectador que sus métodos eran infinitamente más efectivos que una justicia excesivamente garantista, lenta y ineficaz. ¿De veras Tres anuncios en las afueras puede calificarse de película progresista? Y si es así ¿hasta que cotas está llegando el llamado progresismo, que era un concepto muy distinto hace solo un par de décadas?

jueves, 15 de marzo de 2018

EL FIN DE LA FE (2004), DE SAM HARRIS. RELIGIÓN VS MODERNIDAD.

La religión es una de esas instituciones creadas por los humanos que pueden permanecer durante siglos influyendo poderosamente en los comportamientos o incluso llegar a regular la entera vida social. Sin embargo, suele obviarse que muchas creencias, que en su momento vivieron su esplendor, terminaron siendo olvidadas, a pesar de que sus devotos pensaban que durarían para siempre (algo muy lógico si se piensa que la propia fe es una verdad eterna e inmutable). Que en pleno siglo XXI, una de las mayores preocupaciones de la Humanidad sea todavía el radicalismo religioso, dice mucho de la relatividad del progreso humano. 

El discurso de Harris es contundente y claro: la racionalidad y el discurso científico son infinitamente superiores a cualquier ideología religiosa basada casi siempre en escritos que pueden contar con cierta belleza literaria, pero que siempre son absurdos, enemigos de la libertad e intolerantes con otras creencias o estilos de pensamiento cuando han gozado del poder político. Las religiones no suelen evolucionar desde dentro, sino arrastradas por la marea social, que consigue que se vayan adaptando a los nuevos tiempos - siempre de manera lenta e insuficiente - para evitar desaparecer. Sin embargo, aunque han ido perdiendo capacidad de influencia, el prestigio del creyente sigue intacto. La fe es una especie de don que no puede criticarse, por lo que equipararlo a otro tipo de creencias que sí pueden ser criticadas, está mal visto:

"(...) las creencias religiosas quedan al margen de cualquier discurso racional. Se considera de mala educación criticar la idea que tenga alguien sobre Dios y la otra vida, pudiéndose criticar sus ideas sobre física o historia. (...) La fe, en sí misma, siempre es exonerada de toda culpa, en todas partes."

Pero para Sam Harris la fe religiosa puede ser la semilla que lleve nada menos que a la destrucción de la raza humana, si alguna vez los radicales islámicos se hacen con una arsenal de armas de destrucción masiva o químicas, pues esta es gente sin escrúpulos que considera que la auténtica existencia está en el más allá, lo que les lleva a cometer suicidio - lo que siempre ha sido un tabú religioso - con tal de llevarse por delante a un buen puñado de infieles. Y este comportamiento inhumano no lo provoca una interpretación errónea del Corán, sino una lectura literal del mismo, o al menos de algunas de sus partes. El que se suicida matando tiene buenas razones para hacerlo. Y éstas son escalofriantemente claras:

"¿Por qué un grupo de diecinueve hombres cultos y de clase media renunciaron a su vida en este mundo por el privilegio de matar a miles de nuestros vecinos? Porque creían que, con ello, irían directos al paraíso. No es habitual que la conducta de los seres humanos quede explicada de forma tan satisfactoria y completa. ¿Por qué somos tan reticentes a aceptar esa explicación?"

Tampoco es cierto que la religión desdeñe siempre las pruebas científicas de los hechos: se abraza a ellas fervientemente cuando éstas pueden probar alguno de los extremos de la fe defendida, aunque se desdeñen - caso de la teoría de la Evolución - cuando contradicen los escritos sagrados, aunque después tengan que rendirse a la evidencia a regañadientes. Por suerte en occidente la religión ya no está a la vanguardia del pensamiento, pero en sociedades de Oriente Medio y Asia esto está a la orden del día y todo puede ser sacrificado a la mayor gloria de Alá, derechos humanos incluidos. Si la democracia y los derechos civiles, creaciones occidentales, chocan con la religión, la democracia y los derechos civiles no tienen validez. 

Sin embargo la religión es protegida, mimada y financiada en numerosos países en los que las ideas ilustradas dejaron su huella. La fe religiosa sigue apreciándose como un elemento positivo de la vida ciudadana y su crítica profunda es algo de mal gusto: quienes la ejercitan suelen ser calificados de intolerantes. Por suerte nuestro perspectiva dista mucho de la de aquellos países en las que uno puede ser condenado a muerte por blasfemia o la máxima aspiración académica a la que se puede llegar es ser un experto recitador del Corán. Todavía queda mucho para que el mundo se vea libre de la lacra de la violencia religiosa (de la cual occidente solo recibe leves zarpazos, en comparación con el panorama de otras zonas del mundo) y libros tan valientes y polémicos como El fin de la fe, ayudan a poner en pie los términos de un debate muy necesario.

sábado, 10 de marzo de 2018

EL GATOPARDO (1958), DE GIUSEPPE TOMASI DI LAMPEDUSA Y DE LUCHINO VISCONTI (1963). EL ESPLENDOR DE LA DECADENCIA.

El de Lampedusa es uno de los casos más insólitos de la historia de la literatura. Siendo un perfecto desconocido y ya en el umbral de la muerte, entregó un manuscrito que había de ser publicado hasta un año después de su fallecimiento y por un editor distinto al que el escritor pretendió originariamente. En cualquier caso, El gatopardo fue un éxito casi inmediato, una obra maestra que gozó de un insólito reconocimiento popular y de la que muy pronto se realizó una adaptación cinematográfica que ha quedado como una de las mejores películas de la historia. El pobre Lampedusa, un hombre descendiente del esplendor de la nobleza siciliana, siempre fue un intelectual discreto: nadie habría dicho que dedicaría parte de su madurez a concebir un milagroso clásico instantáneo.

Quizá las iniciales dificultades para su publicación se debieron a la moda del momento de impregnar de sesgo ideológico izquierdista las novelas. Una narración no era válida si no era un instrumento de emancipación de la clase obrera o de denuncia de las condiciones de pobreza de los desheredados. Y El gatopardo no tiene nada de eso: se trata de una evocación casi nostálgica de un mundo que ya no existe y su transformación, lenta pero segura, en otro muy distinto, pero que en el fondo va a seguir dejando el poder y el dinero a unos pocos elegidos: todo va a cambiar para que todo siga igual.

El gran protagonista de la novela es el príncipe Fabrizio, heredero del patrimonio de la antigua familia Salina, una de las más poderosas - en un sentido casi feudal - de la isla de Sicilia. Cuando comienza la novela, con un Frabrizio ya maduro, éste ya se ha dado cuenta de que la forma de vida de sus antepasados está en decadencia: Garibaldi acaba de desembarcar en la isla y ha comenzado lo que muchos esperan que sea una revolución emancipadora para los de abajo y otros - los más inteligentes o menos escrupulosos -  sienten como la oportunidad de hacerse con los privilegios y propiedades de la nobleza para fundar nuevas y poderosas dinastías. El representante más obvio de esta tendencia es don Calogero, un hombre de orígenes humildísimos, cuyo talento natural para bregar e ir acumulando una gran fortuna al albur de los acontecimientos y convertirse en un mediador entre la antigua nobleza y los nuevos gobernantes de Italia.

Pero quizá el personaje más inteligente de todos sea el de Tancredi, el sobrino de don Frabrizio, un joven inteligente y audaz, que comprende enseguida que la situación exige una alianza con el vencedor y desde primera hora lucha junto a las tropas de Garibaldi, tratando así de proteger los intereses de su familia, así como los suyos propios: su matrimonio con la bella hija de don Calogero va a suponer simbólicamente la unión de lo antiguo y lo nuevo que va a permitir que las cosas parezcan cambiar para que al final todo siga igual. No obstante, el orgullo de las antiguas familias permanece. Aunque tengan que empezar a relacionarse con arribistas, el sentimiento de superioridad queda intacto:

"Nosotros somos leopardos y leones, quienes tomarán nuestro lugar serán hienas y chacales. Pero los leones, leopardos y ovejas seguiremos considerándonos como la sal de la tierra."

Junto a la decadencia de su familia, don Frabrizio tiene tiempo de reflexionar sobre la decadencia propia, acerca del sentido de su vida y de su posición en el nuevo mundo, una realidad en la que debe sufrir humillaciones tan indignantes para sí mismo como inapreciables para el común de los mortales. No obstante, de algo sí que está seguro: Sicilia jamás progresará al ritmo del resto del país. El Sur es un país anquilosado, pagado de sí mismo y demasiado orgulloso de su pasado y su presente como para pensar en cambios:

"(...) los Sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños (...) es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada. (...) La razón de esa diferencia debe buscarse en el sentimiento de superioridad que brilla en la mirada de cualquier Siciliano, y que nosotros llamamos orgullo pero en realidad es ceguera."

La adaptación que realizó Visconti recoge fielmente el espíritu de la novela, basándose en una puesta en escena fastuosa y en una elección de reparto realmente acertada. Quizá el único pero que cabría ponerle a la película es la escena de la toma de Palermo por las tropas garibaldina, tan artificiosa y poco realista que resulta un poco ridíciula vista hoy día, pero este pequeño escollo no obsta para que el resto del conjunto conforme una auténtica obra maestra que hace justicia al maravilloso texto en el que se basa.

viernes, 2 de marzo de 2018

LA CANCIÓN DEL VERDUGO (1979), DE NORMAN MAILER. PENA DE VIDA.

El derecho penal estadounidense goza de un sistema de garantías para los acusados comparable a cualquiera de los países de Europa. Pero cuenta con una anomalía en algunos Estados: la vigencia de la pena de muerte, algo que se desterró hace tiempo de la mayoría de los sistemas judiciales democráticos. La pena de muerte es algo irreversible, una especie de rendición del Estado ante un individuo al que estima que jamás podrá volver a reinsertar en la sociedad, alguien que sobra y que debe ser eliminado de la humanidad. Por eso sucede con tanta frecuencia que los sentenciados a la pena capital pasan tantos años de espera en el corredor de la muerte: el sistema de recursos y apelaciones es tan complejo que llevar a cabo una ejecución conlleva inimaginables trámites burocráticos. Como si a la justicia, una vez condenado el reo, se pusiera nerviosa ante la perspectiva de tener que proceder a su ejecución.

Precisamente de estas veleidades del sistema se aprovechó el asesino Gary Gilmore para cimentar su fama: cuando fue condenado a muerte por la ejecución de dos homicidios, aceptó su condena sin rechistar: no quiso recurrir la sentencia y pidió que su ejecución (eligió morir fusilado) llegara lo antes posible. Ante este insólito desprendimiento de la propia vida, muy bien aprovechado por periódicos y televisiones, se montó todo un espectáculo mediático y judicial que mantuvo el suspense hasta el mismo instante del fusilamiento de Gilmore. Lo mejor es que de todo eso nació este magistral libro de un Norman Mailer que no se conforma con relatar los últimos meses de vida de su protagonista, sino que indaga en su pasado en un intento, quizá vano, pero igualmente fascinante, de indagar en las motivaciones más profundas que llevaron a Gilmore a convertirse en un asesino a sangre fría.

Después de pasar la mayor parte de su vida adulta en reformatorios y cárceles, el Gilmore treinteañero que abandonó la prisión en libertad condicional era un ser con la personalidad moldeada a base de experiencias negativas (una de las pocas verdades que manifiesta a lo largo de esta novela-reportaje es que la cárcel no sirve para redimir a nadie, solo para afianzar el carácter criminal del reo), pero al que se le ofrecen todo tipo de oportunidades de reinserción. Su familia - sobre todo su prima y su tío - le acogen de buen grado y le buscan un empleo. La buena voluntad manifestada en los primeros meses irá poco a poco abandonando a Gilmore, cuando se va dando cuenta de que es mucho más fácil robar lo que necesita (sobre todo latas de cerveza) que ganar un magro sueldo a base de madrugones y esfuerzo. Sus robos irán volviéndose cada vez más descarados (nadie parece querer meterse en líos con él), hasta que un día llega a acompañarlos de asesinatos. El Estado de Utah queda conmocionado ante la sangre fría mostrada por un asesino que ni siquiera se ha esforzado demasiado en borrar sus huellas: como si lo que realmente quisiera en el fondo de su alma fuera volver al lugar a que realmente pertenece: la prisión.

El personaje de Nicole Baker es una figura casi tan importante como el propio Gilmore en La canción del verdugo. Amante de Gilmore, Baker sentía por su figura amor y devoción a partes iguales, hasta el punto de que, cuando el criminal ya estaba encerrado esperando la fecha de su muerte, aceptó un suicidio sincronizado con él, acción que la llevó al borde la muerte. Se cree que Gilmore, a su vez, no tomó, de manera consciente, una dosis letal suficiente. Lo único que le importaba es que su amante no volviera a estar con hombre alguno. Como es de suponer, la vida anterior de Nicole había consistido en una sucesión de amantes violentos y desequilibrados, entre los que Gilmore supuso la guinda. Embargada por una evidente hibristofilía, su amor aumentó cuando conoció las atrocidades ejecutadas por Gilmore, a pesar de que pocas semanas antes, éste la había agredido con gran violencia. 

A partir de su encierro en la prisión de máxima seguridad esperando la fecha definitiva de su ejecución, la narración se convierte en una crónica muy detallada de la vida y pensamientos de Gilmore una vez que ha aceptado su muerte casi con tanta frialdad como había quitado dos vidas. Aquí es inevitable que al autor se le escape cierta simpatía por su biografiado, alguien que era capaz de bromear sobre sí mismo y mostrarse afable - cuando le convenía - con sus numerosos interlocutores de aquellos meses, además de mostrarse como un escritor de cartas - sobre todo las amorosas, dirigidas a Nicole - muy peculiar, capaz en un mismo párrafo de expresar sus sentimientos amorosos de manera muy notable e insultar a sus carceleros con el lenguaje más soez. En estos últimos capítulos de La canción del verdugo se intuye que Gilmore estaba disfrutando del revuelo mediático que había levantado su caso, de la movilización insólita de abogados, jueces, fiscales y periodistas que había producido y del aura mítica que le estaba otorgando su decisión de enfrentarse a la muerte sin más demora: quizá lo que le más importaba era mostrarse ante sí mismo como todo un hombre.

Y es precisamente en estas páginas cuando la narración de Mailer se muestra más vibrante, dedicada a describir el circo que tenia enloquecido a todo un país a la vez que los sentimientos de los dos amantes que jamás podrán volver a verse (quizá sí en alguna reencarnación, según creencia de Gilmore). Si para algo sirve la lectura de La canción del verdugo, además de para disfrutar de la prosa del autor de Los desnudos y los muertos (a pesar de la pésima traducción que ofrece Anagrama) es para dar otra vuelta de tuerca al absurdo de la pena de muerte, al sufrimiento que provoca, al revuelo mediático que produce y a su poca efectividad reparatoria del mal causado.

martes, 27 de febrero de 2018

CIVILIZACIÓN (2011), DE NIALL FERGUSON. OCCIDENTE Y EL RESTO.

Todavía hay quien cree en el determinismo histórico, en la inevitabilidad de los sucesos que han ido jalonando los siglos hasta llegar a lo que somos ahora. Solo hace un siglo, teorías racistas y eugenésicas poblaban los ámbitos académicos más prestigosos de occidente, y hablaban de la superioridad de la raza blanca, que con tanta facilidad había creado los imperios británico y francés, que cubrían medio mundo con su benéfica influencia civilizatoria. Esto ocurría precisamente cuando Europa estaba a punto de conocer la más bárbara de las guerras entre los países más avanzados de aquel tiempo. Bien es cierto que Europa sobrevivió a otro conflicto posterior, aún más devastador, y siguió afianzada algunas décadas más, junto con Estados Unidos, como tierra prometida del bienestar. Últimamente, sobre todo a raíz de la crisis económica de 2008, las tornas parecen estar cambiando y la preponderancia económica mundial va deslizándose, con paso lento pero seguro, a China y otros países asiáticos, aunque todavía está por ver que esa tendencia suponga una hegemonía indiscutida en los próximos tiempos, pero si Asia consigue ponerse definitivamente por delante, tendrá que hacerlo utilizando las mismas armas que cimentaron el éxito de los europeos.

En Civilización, un ensayo elegantemente escrito y concebido, el historiador Niall Ferguson trata de responder a la pregunta de por qué Occidente, ganó una absoluta preponderancia mundial a partir de finales del siglo XV. El escritor británico establece claramente qué elementos deben fomentarse para lograr progreso y crecimiento económico: competencia, revolución científica, imperio de la ley, medicina, sociedad de consumo y ética del trabajo. Desde luego es éste un camino tortuoso y que puede estar repleto de desigualdades y abusos a otros pueblos. La conquista y colonización de América es un buen ejemplo de ello: los resultados finales en el norte y en el sur fueron muy diferentes por ser distintos los actores implicados, pero en ambos casos quedó un reguero de sangre manchando el camino del proceso: el que dejaron los perdedores: indígenas, esclavos y colonos pobres. Ferguson no oculta ninguna de estas manchas negras (la historia nunca ha sido un camino de rosas), pero prefiere ser optimista respecto a los resultados finales de todo ello:

"La clave aquí es que el diferencial entre Occidente y el resto del mundo fue de índole institucional. Europa occidental superó a China debido en parte a que en Occidente había más competencia tanto en el ámbito político como en el económico. Austria, Prusia y, más tarde, incluso Rusia se hicieron más eficaces administrativa e incluso militarmente porque el entramado que dio lugar a la revolución científica surgió en el mundo cristiano, pero no en el musulmán. La razón de que a las antiguas colonias de Norteamérica les fuera mucho mejor que a las de Sudamérica fue que los colonos británicos establecieron en el norte un sistema de derechos de propiedad y de representación política completamente distinto del creado por los españoles y los portugueses en el sur. (...) Los imperios europeos pudieron penetrar en África no solo porque disponian de la ametralladora Maxim; también inventaron vacunas contra enfermedades tropicales a las que los africanos seguían siendo igual de vulnerables."

A estos elementos habría que sumar otro mucho más dudoso, del que se habla bastante en Civilización: la religión, sobre todo en su vertiente protestante. Como ya estudió ampliamente el sociólogo Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, es posible que ciertas creencias posibiliten que los intercambios comerciales se realicen en un clima de confianza y se estimule el trabajo duro. Aunque es algo que todavía está por probar, Ferguson insinua que el auge, lento pero seguro, del cristianismo en China, es un acicate para consolidar el círculo virtuoso de intercambios comerciales y crecimiento. En apoyo de esta tesis, incluye unas sorprendentes declaraciones de un gran empresario chino:

"Hoy, me decía, hay escasez de confianza en China. Los funcionarios públicos suelen ser corruptos, los socios comerciales te engañan, los trabajadores roban a sus patronos, las muchachas jóvenes se casan y luego desaparecen con unas dotes ganadas con gran esfuerzo (...) Pero Zhang considera que se puede confiar en sus correligionarios cristianos, porque sabe que son trabajadores y honestos. Como ocurriera en Europa y la Norteamérica protestantes de los primeros días de la revolución industrial, las comunidades religiosas ejercen un doble papel: como redes crediticias, y como fuentes de abastecimiento para correligionarios creyentes solventes y de confianza."

No todos los sistemas creados por Occidente han sido efectivos, solo hay que tomar el ejemplo del comunismo, que durante décadas fue considerado el antídoto perfecto contra los males del capitalismo, pero terminó fracasando de manera estrepitosa. El capitalismo liberal parece el único vencedor en la batalla de las ideas, a pesar de tratarse de un sistema imperfecto: crea riqueza, pero ésta termina en pocas manos, a no ser que exista un Estado fuerte capaz de redistribuirla. Además, si no se establecen controles, el crecimiento incontrolado acabará devorando los recursos del planeta y facilitará un desastroso cambio climático, quizá la mayor amenaza existente a nuestra forma de vida. La fórmula de equilibrio a mi entender más humana creada hasta el momento, la socialdemocracia de tipo nórdico, también está en crisis. De las tendencias que sepamos encauzar en el presente depende nuestro futuro inmediato.

viernes, 23 de febrero de 2018

LAS AMISTADES PELIGROSAS (1782), DE CHODERLOS DE LACLOS Y DE STEPHEN FREARS (1988) Y VALMONT (1989), DE MILOS FORMAN. TRATADO DE MORAL LIBERTINA.

El siglo XVIII fue paradójico en muchos aspectos. Mientras avanzaban la ciencia y el arte, se consolidaban como actividades de inmenso prestigio, cada vez más alejadas de la tutela de la religión, la organización política del Estado seguía siendo la del Antiguo Régimen. Frente a la miseria y semiesclavitud de la mayoría del pueblo, una minoría selecta vivía una existencia regalada en sus palacios y castillos. Muchos de ellos gozaban de las prebendas que otorgan títulos y cargos oficiales y solían gozar de mucho tiempo libre que podían dedicar al estudio y meramente a procurarse los más variados placeres. Precisamente el personaje del vizconde de Valmont es un prototipo en este sentido: un noble adinerado que dedica todos sus esfuerzos al arte de la seducción, un tipo cuyo objetivo primordial en la existencia es ir acumulando fama en los salones de París, por lo que cada vez se exige objetivos más difíciles, para que la satisfacción de la conquista sea mayor y el escándalo consiguiente más ruidoso. En su moral de libertino es principio primordial que la virtud aumenta el valor de la mujer, justamente hasta el momento en que deja de tenerla.

Pero Valmont no emprende en solitario sus intrigas. Cuenta con una aliada, la marquesa de Merteuil, una mujer que, después de haberse sometido a un duro aprendizaje acerca de los asuntos mundanos de la alta sociedad parisina, se dedica al noble arte de la manipulación y la corrupción de los seres más inocentes. Con Valmont mantiene una relación de amor-odio que al final va a ser decisiva en la resolución de esta novela epistolar. Ni que decir tiene que Las amistades peligrosas es una obra maestra de este género literario. Las cartas están concebidas para crear un clima de tensión permanente en las complejas relaciones entre sus distintos personajes y muchas de ellas, sobre todo las escritas por los dos protagonistas, son un modelo de doblez y de maestría en el arte de la consecución de los propios objetivos. Valmont y Merteuil son dos personajes absolutamente egoístas en su condición de profundos conocedores de las pasiones humanas. La religión y los conflictos de conciencia, algo que afecta a las resoluciones de los personajes débiles de la trama, son para ellos meros instrumentos para usar a su favor.

Puede verse también en Las amistades peligrosas una especie de justificación de lo que vendría pocos años más tarde, la Revolución Francesa. En este caso puede hablarse sin exagerar que el origen del mal, de la perdición de vidas moralmente intachables que fomentan las actividades subterráneas de los protagonistas tienen su origen en el aburrimiento, en una ociosidad prolongada que podía ser animada por la creación de estas intrigas llevadas a cabo con precisión quirúrgica y disciplina militar. La amoralidad como una de las bellas artes, el amor concebido no como una causa del placer, sino como un pretexto para conseguir éste.

La película de Stephen Frears refleja de manera magistral el espíritu de la novela. Con un reparto espectacular, en el que destacan unos John Malkovich y Glenn Close que parecen haber nacido para interpretar estos papeles, la adaptación deja lógicamente un poco de lado la intriga epistolar para relacionar más físicamente entre sí a los personajes. Destacan también el vestuario y el diseño de producción, que nos trasladan con todo lujo de detalles a los ambientes más aristocráticos del Siglo de la Luces. La versión que realizó un año después Milos Forman,  resulta estimable, pero muy inferior a la de Frears. Es una adaptación mucho más libre del texto de Lacros, poniendo más énfasis en el sentido del humor, pero el espíritu de la novela está mucho menos presente. A ello contribuye enormemente la composición de Valmont que realiza Colin Firth, un personaje interpretado desde un tono un tanto paródico y burlesco. La sombra de Malkovich, en este caso, es demasiado alargada.

miércoles, 21 de febrero de 2018

LA FALSA MEDIDA DEL HOMBRE (1981), DE STEPHEN JAY GOULD. CONTRA EL FUSTE TORCIDO DE LA HUMANIDAD.

"Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado", dejò escrito Charles Darwin. Precisamente, amplios sectores de la sociedad occidental han dedicado tradicionalmente amplios recursos - una vez que los tradicionales y religiosos perdían efectividad - a demostrar científicamente la superioridad de unas razas frente a otras, de unas clases sociales frente a otras e incluso de un género contra otro. Demostrarlo equivalía a decir que nada puede hacerse contra las leyes inexorables de la naturaleza y consolidar la situación de privilegio de unos sobre otros como algo inevitable. No se trata de una práctica remota, sino de algo que sigue practicándose hoy en día en sectores conservadores con singular eficacia (véase si no la victoria de alguien como Trump).

El determinismo biológico y social, que tradicionalemente ha venido justificado por pseudociencias como la frenología o la craneometría, se ha usado impunemente como medio para restringir la educación y las oportunidades de los más desfavorecidos. Si las estadísticas aseguraban (siempre estadísiticas sesgadas y recogidas interesadamente en favor de la ideología predominante) que ciertos seres humanos eran incapaces de progresar, la sociedad no tenía por qué gastar recursos en ellos. Voces como la de Joseph Arthur de Gobineau, autor del Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, eran ampliamente escuchadas en pleno siglo XIX y esta tradición llegó a inspirar espisodios históricos tan terribles como el del nazismo:

"La idea de las diferencias innatas y permanentes en la dotación moral y mental de los distintos grupos de la especie humana es una de las opiniones más antiguas así como más universalmente aceptadas. Con pocas excepciones, la mayor parte de éstas en nuestros tiempos, ha constituido el fundamento de casi todas las teorías políticas y ha sido la máxima fundamental de gobierno en todas las naciones, grandes o pequeñas. Los prejuicios nacionales no tienen otra causa; cada nación cree en su propia superioridad sobre sus vecinos y muy a menudo las distintas partes de la misma nación miran a las demás con desprecio."

Mediciones de cráneos, de cerebros o test de inteligencia han jalonado un camino que ha sido refutado constantemente por la voz de la ciencia más seria, aunque éste no haya sido escuchada en demasiadas ocasiones: no existen diferencias genéticas fundamentales entre seres humanos: todos estamos programados para lo mismo y somos igualmente capaces de cumplir nuestras metas si se nos estimula adecuadamente, si se nos integra en las culturas más elevadas que haya podido construir la civilización humana. En este sentido, La falsa medida del hombre es un libro riguroso e importante, un manual de combate científico que trata de rebatir tantas creencias interesadas que se han consolidado a lo largo de décadas y décadas y que siguen ejerciendo su influencia perversa entre nosotros en pleno siglo XXI:

"Pasamos una sola vez por este mundo. Pocas tragedias pueden ser más vasta que la atrofia de la vida; pocas injusticias, más profundas que la de negar una oportunidad de competir, o incluso de esperar, mediante la imposición de un límite externo, que se intenta hacer pasar por interno."

martes, 20 de febrero de 2018

EL MIEDO (1930), DE GABRIEL CHEVALLIER. TEMPESTADES DE MUERTE.

Para los primeros soldados que partieron a la Gran Guerra, todo eran parabienes por parte de la población civil. Se estimaba que el conflicto iba a ser una operación de corta duración y plena de heroicidades, una ocasión para los jóvenes para madurar y vivir aventuras que les hicieran consolidar un patriotismo que se daba por consabido. Lo que nadie esperaba es que en esta nueva guerra, en la que la producción industrial iba a jugar un papel determinante, se impusieran las armas defensivas frente a las ofensivas. La artillería y las ametralladoras eran mucho más poderosas que la caballería y los ataques frontales a la bayoneta, que causaron unas carnicerías nunca vistas entre las tropas que se atraveían a atacar las trincheras. El soldado raso sufrió como nunca en una situación de inmovilidad y peligro constante. Sometido periódicamente a bombardeos, ametrallamientos, así como al tormento constante de los piojos y los cambios del tiempo atmosférico, la mayoría soñaba con una herida limpia que les sacara definitivamente de ese infierno o, al menos, con ser transferidos a sectores más tranquilos del frente.

Uuna de las novelas que mejor reflejan tales experiencias es El miedo, de Gabriel Chevallier. Escrita con un evidente ánimo de revancha contra los criminales que hicieron posible esa masacre, la narración está escrita desde la perspectiva del soldado raso, enfrentado durante años a una situación inimaginable, a un miedo constante que destruía cuerpos y espíritus:

"El autor del presente libro consideró que era una falta de decencia hablar del miedo de sus camaradas sin hablar del suyo propio. Por eso decidió abordar el miedo en primera persona, sobre todo en primera persona. En cuanto a hablar de la guerra sin hablar del miedo, sin ponerlo en un primer plano, hubiera sido un camelo. No es posible vivir en los lugares donde uno puede ser despedazado vivo en cualquier momento sin sentir cierta aprensión."

¿Cómo soportaban los combatientes ese sentimiento de terror constante? El autor habla de una especie de moral del esclavo, de un sentido de la fatalidad que dominaba las mentes de la mayoría, puesto que el hombre corriente no ha nacido para ser un héroe. Solo aceptando la cercanía de la muerte era capaz el protagonista de enfrentarse cara a cara a unos peligros atroces, que se acentuaban en los momentos en los que unos generales, confortablemente instalados en la retaguardia, lejos de todo peligro, decidían que había que pasar a la ofensiva. La postura moral del soldado oscila entre la certeza de que esta vez no va a ser el elegido y la certeza contraria, entre el horror de matar y el de ser despedazado. Todas estas peleas internas y externas son reflejadas de manera magistral por la fuerza de la escritura de Chevallier, un excombatiente que sabe bien de lo que habla y que no ahorra al lector escenas fuertes, de horror pleno, ante las cuales no se puede evitar un sentimiento estremecedor.

Bien es cierto que testimonios que éste no sirvieron para que, apenas veinte años más tarde, se iniciase otro conflicto, más devastador si cabe, aunque las nuevas quintas no acudieron a sus puestos con tanta alegría como sus padres, puesto que éstos tuvieron tiempo de advertirles, de testimoniar que la guerra no es un paseo, sino el comienzo de un infierno de duración indefinida. Aun así, los nuevos reclutas se sometieron igualemente a las órdenes de sus mandos y se dejaron matar en los nuevos frentes, como habían hecho sus padres. La respuesta quizá esté en la frase del Teniente Coronel Ardant Du Pincq, que da comienzo a uno de los capítulos:

"El hombre en el combate es un ser en el que el instinto de conservación domina momentáneamente todos los sentimientos. La disciplina tiene por fín domeñar ese instinto mediante un terror mayor.

El hombre se las ingenia para poder matar sin correr el riesgo de caer muerto. Su arrojo es el sentimiento de su fuerza, y ésta no es absoluta; delante del más fuerte, huye sin vergüenza."

viernes, 16 de febrero de 2018

COTO VEDADO (1985), DE JUAN GOYTISOLO. SEÑAS DE IDENTIDAD.

El género autobiográfico es sin duda el más difícil. A la labor de hacer interesante para el lector la propia vida, se une el lógico pudor de escarbar en lo más íntimo de uno mismo y de los seres queridos sin parecer un mero exhibicionista sentimental. La de Juan Goytisolo es una existencia brillante, moteada por puntos oscuros y un tanto sórdidos. Nacido pocos años antes del estallido de la Guerra Civil, la contienda le dejará una huella durarera, tanto en el plano familiar, con la muerte de la madre en un bombardeo, como en el intelectual, al haber sido un jovencísimo testigo de la cruenta lucha entre las dos Españas y del advenimiento de un régimen dictatorial, odiado hasta el punto de hacerle renunciar a su procedencia burguesa.

Una parte importante de Coto vedado está dedicada a la justificación de Goytisolo de su homosexualidad y su atracción por lo sórdido. Cuenta el escabroso caso de los ataques nocturnos a su cama por parte de su abuelo, un pederasta que ya había sido amonestado seriamente con anterioridad por su actitud, pero que reincidía siempre que tenía ocasión. Luego está la figura de su padre, viudo prematuro, amante del orden y por lo tanto tolerante con el status quo construido por el franquismo, que va viendo como sus hijos toman el camino errado de la colaboración clandestina con elementos hostiles al régimen. Mientras tanto, el futuro autor de Campos de Níjar, va descubriendo la literatura en un ambiente hostil a la misma, lo que lleva inevitablemente a tener que recurrir a prácticas tan prohibidas como excitantes, porque no hay nada tan placentero como leer lo que está proscrito:

"Cuando el venero de obras singulares o extrañas parecía a punto de apartarse, Mariano, valiéndose de sus conexiones familiares, me facilitó la entrada a la trastienda de publicaciones prohibidas de dos o tres librerías. Allí, temblando de excitación, mi amigo y yo habíamos escudriñado los anaqueles y rimeros donde se alineaban o amontonaban aquéllas, deslumbrados por la increíble plétora de autores y títulos que conocíamos solo de oídas y cuya asimilación, según presentíamos, sería indispensable a nuestra correcta formación intelectual: Proust, Kafka, Malraux, Gide, Camus, Sartre."

El primer viaje de Goytisolo a París va a suponer el descubrimiento de la verdadera libertad, el deslumbramiento de una vida cultural a años luz de la española, pero también cierta nostalgia de su tierra natal, por lo que su vida se convierte en un continuado discurrir entre un país y otro. La realización del servicio militar, junto con numerosos compañeros procedentes de las tierras más castigadas de Murcia y Andalucía le llevará a otro valioso descubrimiento: el de las tierras del Sur, el de la pobreza extrema en la que sus habitantes luchan día a día contra la adversidad intentando mantener un mínimo de dignidad. Después de haber conocido en Francia a gente de la relevancia de Jean Genet o Marguerite Duras, el encuentro con los marginados va a ser quizá el definitivo catalizador de su carrera literaria, repleta de influencias provenientes de mundos opuestos, construyendo a un ser que fluctúa entre el norte y el sur, aspectos que imagino se desarrollarán con mayor intensidad en la segunda parte, En los reinos de Taifas.

viernes, 2 de febrero de 2018

SOLO Y SOLA (1987), DE VLADIMIR MAKANIN. LA SOLEDAD ERA ESTO.

Guenadi Pavlovich, de cincuenta años, es un ser solitario por necesidad, pero no por vocación. Vive su día a día en una especie de aislamiento de lo que él llama el enjambre (es decir, el resto de la sociedad), pero a la vez sufre la soledad y desearía que alguna maniobra del destino le ayudara a pasar el resto de su vida acompañado por alguna jovencita guapa y complaciente. Mientras tanto pasa sus días acudiendo a un trabajo donde hace tiempo que dejó de ser útil y el resto de la jornada la dedica a estar en casa, rodeado de libros, mientras reflexiona tumbado acerca del pasado y el futuro, curiosamente bien vestido y planchado, como si tuviera una cita con alguien en los próximos minutos. En su junventud, Pavlovich fue toda una promesa: un brillante estudiante admirado por sus compañeros y compañeras, pero su estrella fue declinando poco a poco y, sin saber muy bien por qué, fue instalándose en el estado de apatía que lo domina actualmente.

Ninel Nikolaievna vive una existencia paralela. De la misma generación de Pavlovich, es una mujer que vive la vida con la amargura de sentir que nadie la comprende, que nadie es capaz de adaptarse a su nivel de sensibilidad y exigencia ante las más nimias circunstancias de la vida. En el trabajo, todos la odian y ella tampoco hace demasiado por acercarse a sus compañeros. Cada día más aislada, sueña con el encuentro con algún hombre chapado a la antigua, caballeroso y con buenos modales, alguien que sea capaz de hacerle vivir nuevas emociones. Por supuesto, tal hombre no existe, solo es un producto de su fantasía. Pero Ninel sigue habitando su círculo vicioso sin percatarse que, en gran parte, sus problemas surgen de ella misma, de su mal carácter y sus aires de superioridad, aunque en el fondo, las pocas personas que la conocen bien sepan que es una buena persona:

"Ninel Nikolaievna, indefectiblemente, ataca, se enfrenta con todo el que es bueno con ella. Además, los ataques y las quejas que intercala no son simplemente un rasgo femenino sino su estado de espíritu. Quiere que se la comprenda con mayor profundidad. Lo ideal para Nina sería no sufrir por causa de la soledad sino por causa de circunstancias externas; y sus circunstancias habrían de ser duras, complicadas y dignas de ella, de Nina. No quiere ser una persona. Quiere ser un personaje."

Con este argumento, situado en el Moscú de los últimos años ochenta, Makanin podría haber escrito una historia de amor entre dos seres solitarios que se reconocen como hechos el uno para el otro, pero al novelista ruso le interesa mucho más la introspección psicológica de dos personas que, consciente o inconscientemente, viven gran parte de su existencia al margen de sus semejantes, construyendo un mundo propio siempre a punto de desmoronarse. Es curioso que el narrador sea un tal Igor (del cual no sabemos demasiado) que conoce por separado a Ninel y a Guenadi, que en un determinado momento intente hacer de celestino, pero que sus intenciones fracasen indefectiblemente. Una cosa es el anhelo de estos dos seres de no estar solos y otra es el choque con la realidad: la compañía del otro es siempre fuente de frustraciones en gente tan perfeccionista y tan cerradas en sí mismas. Aunque resulte penoso, lo mejor para ambos sería aceptar su destino en soledad.

La capital soviética aparece en la narración como un personaje más. Una ciudad limpia y funcional, pero también deshumanizada, tan fría como esas grandes avenidas vacías en las tardes de invierno. Es interesante constatar también que la novela de Manakin se mueve entre el realismo tradicional y un experimentalismo con vocación de rompedor, sobre todo porque, todavía en los ochenta, muchos de los clásicos del siglo XX más vanguardistas apenas habían llegado a las librerías de Moscú.  

jueves, 25 de enero de 2018

FAHRENHEIT 451 (1953), DE RAY BRADBURY. EL FUEGO INTERIOR DE LA LITERATURA.

Existen una serie de libros, casi todos escritos a mitad del siglo XX, que son casi una guía para moverse en nuestro tiempo, puesto que acertaron muchos de los aspectos que hoy dominan nuestra existencia cotidiana. Son títulos como 1984, Un mundo feliz, Mercaderes del espacio, Nosotros o este Fahrenheit 451, que desde su publicación se convirtió en una de las más hermosas metáforas del amor a la literatura y del peligro constante que corre la palabra escrita frente a la indiferencia de la mayoría.

En el futuro imaginado por Bradbury, la sociedad ha degenerado tanto que los bomberos se dedican a quemar los hogares que todavía poseen bibliotecas. Guy Montag es uno de estos profesionales, al que el lector conoce en un momento de duda y crisis, porque después de conocer a una joven vital y muy diferente al resto de la gente con la que trata habitualmente, empieza a plantearse si esos volúmenes que arden tan fácilmente ante sus lanzallamas no tendrán algo especial, para que el gobierno ponga tanto énfasis en su eliminación. 

"- La gente no habla de nada.
- Oh, tienen que hablar de algo.
- No, no, de nada. Citan automóviles, ropas, piscinas, y dicen ¡qué bien! Pero siempre repiten lo mismo, y nadie dice nada diferente, y la mayor parte del tiempo, en los cafés, hacen funcionar los gramófonos automáticos de chistes, y escuchan chistes viejos, o encienden la pared musical y las formas coloreadas se mueven para arriba y para abajo, pero son sólo figuras de color, abstractas. ¿Ha estado en los museos? Todo es abstracto. Mi tío dice que antes era distinto. Hace mucho tiempo los cuadros decían cosas, y hasta representaban gente."

Porque, tal y como sucede en nuestra sociedad actual, la gente del futuro de Bradbury pasa horas ante las pantallas, se atonta ante ellas y deja que le digan lo que deben pensar. Los libros son descritos, desde un punto de vista oficial, como algo peligroso, como un artefacto de un pasado bárbaro que solo puede llegar a confundir a sus lectores con sus complicadas disertaciones que más de una vez contradicen la verdad oficial. Como se dice en un cierto pasaje del libro, que podemos adaptar sin problemas a hoy mismo, "la vida es lo inmediato". Nadie quiere reflexionar, solo que se le proporcionen grandes dosis de entretenimiento, cuanto más burdo mejor, que sea lo más anestesiante posible. El libro, el pensamiento profundo, solo puede ser fuente de conflicto. Por desgracia para nosotros, la moda de lo políticamente correcto ha llegado tan lejos, que este párrafo de Bradbury ha llegado a ser profético:

"¿A la gente de color no le gusta El negrito Sambo? Quémalo. ¿Los blancos se sientes incómodos con La cabaña del tío Tom? Quémalo. ¿Alguien escribió una obra acerca del tabaco y el cáncer pulmonar? ¿Los fumadores están afligidos? Quema la obra. Serenidad, Montag. Afuera los conflictos."

La vida se va llenando de consignas que invitan a unirse a ellas para no parecer un apestado. Cualquier disidencia o pensamiento crítico se siente como una agresión. Los gruesos libros se van dejando de lado en favor de formatos más llevaderos como el tweet, apropiado a la tendencia al consumo rápido, de usar y tirar. Montag poco a poco va siendo consciente de la dimensión del crimen contra la Humanidad en el que ha participado noche tras noche. Y manifiesta esta hermosa reflexión, antes de unirse a los hombres-libro, un pequeño grupo disidente que mantiene dentro de sí encendida la llama de la mejor literatura:

"Y pensé en los libros. Y por primera vez comprendí que detrás de cada libro hay un hombre. Un hombre que tuvo que pensarlo. Un hombre que empleó mucho tiempo en llevarlo al papel. Nunca se me había ocurrido (...) Y a algún hombre le costó quizá una vida entera expresar sus pensamientos, y de pronto llego yo y ¡bum!, y en dos minutos todo ha terminado."

Lo peor es que el autor de Crónicas marcianas tiene razón en lo siguiente. Quemar libros puede parecer bárbaro. Invisibilizarlos es mejor:

"Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe."

viernes, 12 de enero de 2018

TRANSICIÓN (2017), DE SANTOS JULIÁ. HISTORIA DE UNA POLÍTICA ESPAÑOLA 1937-2017.

Estamos acostumbrados a tratar la Transición española como un periodo muy concreto que abarca la práctica totalidad de la década de los setenta, un periodo de incertidumbre, que se abrió con la decadencia y muerte del dictador Franco y siguió con largos meses de difíciles equilibrios para poder desembocar en las primeras elecciones democráticas celebradas en nuestro país desde los años treinta. Así pues, lo primero que llama la atención al observar por primera vez el volumen de Santos Juliá es el periodo histórico que abarca su estudio, desde 1937 hasta nuestros días. Y es que los primeros intentos de llegar a un entendimiento que frenara en seco la sangría interminable en la que se había convertido nuestra Guerra Civil se produjeron en plena contienda, desde el bando Republicano. En uno de sus últimos discursos antes de salir hacia Francia, Azaña dejó dicho: "el mensaje de la patria eterna a sus hijos: paz, piedad, perdón", quizá el lema que se adoptó cuarenta años después. Durante mucho tiempo, los partidos y dirigentes en el exilio siguieron intentándolo, pero con resultados vacíos. Muchos esperaban que Franco acabara renunciando y abriera un periodo de transición que nos equiparara a los países de nuestro entorno. Pero, como sabemos, tal cosa nunca sucedió. El apoyo de Estados Unidos al dictador, como bastión contra la expansión del comunismo, selló el destino de nuestro país durante largos años.

Franco en realidad encarnaba para muchos el fracaso histórico de España, un país que parecía no poder funcionar si un general autoritario no tomaba el timón del poder, de grado o por fuerza. Después de las muchas oportunidades perdidas en el siglo XIX, la experiencia de la Segunda República había terminado de una forma abrupta y amarga. ¿Había que restaurar la legalidad republicana violada o había que reformar el régimen franquista para, desde su legitimación, construir una democracia? En realidad, lo verdaderamente importante en los convulsos años que siguieron a la muerte de Franco era ser prudentes, ir paso a paso flanqueando los abismos que de vez en cuando se abrían bajo los pies del país, como los intentos de golpe de Estado que culminaron en el 23 de febrero de 1981, un acontecimiento que jamás se ha explicado del todo y de la que es posible que jamás conozcamos todos sus detalles.

Lo que explica bien Santós Juliá en este ensayo, sobre todo en la segunda parte del mismo, es que la Transición no fue ni el proceso impecable y ejemplar de paso de la dictadura a la democracia que muchos exaltaron ni la estafa, popularizada en los últimos años, de cambiarlo todo para que todo siga igual. Lo cierto es que el hoy santificado Suárez en la época era blanco de todos los ataques por la izquierda y por la derecha, por lo que llevar a buen puerto la misión de convocar elecciones democráticas y abrir un proceso constituyente era cualquier cosa menos fácil. Para muchos españoles fue aquella la época del desencanto, pues muchos esperaban una ruptura radical con el pasado, una denuncia explícita del franquismo y cambio profundo en las estructuras socioeconómicas y políticas del Estado:

"Desencanto que a Julián Santamaría le parecía una ligereza endosar a la política de consenso (...). No era a esa política sino a la frustración experimentada por una parte importante de la población ante la inexistencia de un proyecto político bien definido, la insuficiencia del cambio, la ambigüedad frente al pasado y la incertidumbre ante el futuro, a lo que había que atribuir, según Santamaría, el desencanto que ha llevado a mucha gente a desentenderse de una situación en la que sólo ve la sustitución de una clase política por otra."

Lo verdaderamente importante es que España se convirtió en una democracia que, con todos sus defectos, algunos enormes, era equiparable a la de los países de su entorno. La prueba de ello fue el aprobado para entrar en la Comunidad Económica Europea, la mejor garantía de estabilidad que ha tenido jamás nuestra democracia. Bien es cierto que somos españoles y el conflicto está siempre latente. En nuestro Parlamento es difícil que se produzca verdadero entendimiento entre las grandes fuerzas políticas, más que en situaciones muy graves, como la crisis de Cataluña. La Transición aparece en el libro de Santos Juliá como un proceso para muchos inacabado, todavía en marcha. La irrupción de partidos como Podemos, que califican de fraude el "régimen del 78", los variados escándalos de corrupción, la crisis económica, el persistente y desigual reparto de la riqueza y las amenazas del separatismo conforman un panorama complicado para los próximos años. Se ha acabado la anomalía democrática que consistía en el intercambio en el poder de los dos grandes partidos con mayorías amplias para gobernar. Los próximos años deberían ser los del consenso entre las grandes fuerzas parlamentarias para ahondar, no en fantasiosos derechos colectivos o históricos, sino en los derechos individuales, que son los que verdaderamente ejerce el ciudadano, el desarrollo del Estado del bienestar, muy deficiente todavía respecto al resto de Europa y, ante todo, nuestra gran asignatura pendiente: el florecimiento de nuestra sociedad civil, más allá de militancias políticas, un eje fundamental en el que están construidas las democracias más avanzadas.

lunes, 8 de enero de 2018

EL CÁLCULO DE DIOS (2000), DE ROBERT J. SAWYER. EXTRATERRESTRES CREACIONISTAS.

El cálculo de Dios, probablemente una de las novelas de ciencia ficción más imaginativas de las publicadas en los últimos años, comienza con una imagen tópica en este tipo de literatura: la de una nave espacial alienígena aterrizando en la Tierra. Pero pronto el narrador, el bonachón paleontólogo Thomas Jerichó, nos explica que Hollus, que así es como se llama el extraterrestre que nos visita, no tiene otro interés que el conocimiento, por lo que pide que se le deje instalarse en el museo de Ciencias Naturales de Toronto para estudiar las especies fósiles del pasado remoto de nuestro planeta. Así Jerichó va a tener la extraordinaria oportunidad de trabar amistad con un ser de otro mundo que muy pronto le realiza afirmaciones inquietantes: que las extinciones masivas que jalonan nuestra historia natural se produjeron a la vez al menos en otro par de planetas en los que hoy existe vida inteligente y que su especie ha descubierto que debe existir un creador del Universo, llámese Dios o cómo se quiera, después de haber estudiado atentamente la estructura del cosmos.

Para un racionalista como Jerichó, tales palabras constituyen una auténtica revolución. Por más que Hollus le ofrece pruebas empíricas de su afirmación, el paleontólogo se niega a admitir la mera posibilidad de que el creacionismo, contra el que los científicos como él han luchado durante décadas, pueda llegar a tener parte de razón. Admitir la presencia de un Creador casi omnipotente sería dar energías a unas religiones en decadencia, sobre todo en occidente:

"Admitir que podría haber habido una inteligencia que guiase el proceso, en algún momento, sería abrir las compuertas. Habíamos luchado durante tanto tiempo, y con tanta intensidad, y algunos de nosotros, habíamos sido encarcelados por la causa, que permitir ni siquiera por un momento la posibilidad de un creador inteligente sería equivalente a izar la bandera blanca. Estábamos seguros de que los periódicos estarían encantados y la ignorancia reinaría sin oposición."

Pero las pruebas que ofrece el extraterreste tampoco son compatibles con las religiones terráqueas. El Creador es definido como un ser imperfecto, que ha sido incapaz de establecer vida inteligente en el Universo con un proceso limpio y sin traumas, como prueba el sufrimiento constante al que están sometidos los seres vivos. El mismo Jerichó se enfrenta a un cáncer terminal que ni siquiera puede ser tratado por la medicina extraterrestre, un par de siglos más avanzada que la nuestra. Si es verdad que existe Dios, este no es el Ser eterno, bondadoso y omnipotente que han definido las religiones, sino un Demiurgo que experimenta con su creación, quizá buscando distraer su antigua soledad en el espacio-tiempo infinito. Pero El cálculo de Dios no se conforma con convocar este debate filosófico-religioso entre especies, sino que también trae a colación otros temas, como el fanatismo religioso, tan propio de los seres humanos y la indefensión de nuestro planeta, perdido en la vastedad del cosmos y sometido a mil peligros - como el de la explosión de supernovas cercanas - del que no somos conscientes en nuestra vida cotidiana.