viernes, 20 de abril de 2018

FRANKENSTEIN O EL MODERNO PROMETEO (1818), DE MARY W. SHELLEY. EL SUEÑO DE LA RAZÓN.

Pocas novelas han causado tanto impacto desde su misma publicación como Frankenstein o el moderno Prometeo, hasta el punto de crear un mito apropiado para los tiempos modernos: el del científico genial cuya creación se le escapa de las manos. Porque esta novela, siendo de corte fantástico, quiere basar su relato en una posibilidad científica que se encontraba muy en boga en el momento en el que fue escrita: la posibilidad de resucitar a los muertos mediante descargas eléctricas. La primera mitad del siglo XIX estuvo repleta de sesiones públicas en las que las descargas hacían moverse a cadáveres: algo tan asombroso y truculento que hizo que hasta el príncipe de Gales asistiera a una de ellas. Fue en la famosa reunión en villa Diodati - en la que Lord Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y John Polidori acordaron, medio en serio, medio en broma, escribir cada uno un relato de terror. Aunque al principio la joven Shelley no sabía cómo empezar su composición, cuando escuchó una conversación en la que se aludía a la posibilidad de resucitar a los muertos, su mente empezó a funcionar y su subconsciente le proporcionó una pesadilla que desató el mecanismo creativo de la autora: había nacido uno de los personajes más famosos de la literatura universal.

Aunque el nombre de Frankenstein ha quedado ligado al monstruo, no hay que olvidar que éste es el apellido del protagonista, el padre de una criatura la que solo se dirigirá llamándolo demonio, entre otras lindezas. El proyecto inicial de Frankenstein es nada menos que la creación de una nueva raza que le adorase como a su creador. Pero, una vez que insufla vida en la criatura, el científico reniega de ella: es como una parodia de hombre, un monstruo grotesco de mirada acuosa que repugna a la vista. Precisamente es un sentimiento tan irracional como el rechazo a lo que es diferente lo que le hace renegar de su obra y con ello encuentra su perdición y la de su familia. Pero el llamado monstruo de Frankenstein es una criatura rousseiana, por lo que ha nacido inocente y libre de toda culpa. Su corazón al principio es bondadoso. Se siente parte de la naturaleza e intenta acercarse a otros hombres: primero se esconde para aprender de ellos, pero en cuanto se muestra, el rechazo es total: esto es lo que lo corrompe y le hace declararse un enemigo de la humanidad, especialmente de su creador, al que llega a reprocharle lo siguiente:

"Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído al que negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso."

En suma, Frankenstein es la historia de un hijo rechazado por su padre. Un hombre de aspecto monstruoso, pero virtuoso, que se revuelve contra el mundo cuando se encuentra solo. Lo más siniestro es que, aun siendo humano, el personaje goza de algunas cualidades casi sobrenaturales: es capaz de sobrevivir en los ambientes más hostiles, de pasar largos periodos de tiempo escondido y espiar a su creador sin ser visto en ningún momento. Quizá el mayor defecto de esta obra maestra sean los diálogos entre padre e hijo, demasiado forzados, demasiado teatrales, aunque sean parte fundamental del drama. La última oportunidad de redención llega con la petición de que se le cree una compañera, un ser tan marginal como él y que, por tanto, sea capaz de amarle:

"Si no estoy ligado a nadie ni amo a nadie, el vicio y el crimen deberán ser, forzosamente, mi objetivo. El cariño de otra persona destruiría la razón de ser de mis crímenes. (...) Mis vicios son los vástagos de una soledad y que aborrezco y mis virtudes surgirían necesariamente cuando viviera en armonía con un semejante. Sentiría el afecto de otro ser y me incorporaría a la cadena de existencia y de sucesos de la cual ahora quedo excluido."

Como hijo de la razón, la criatura es un ser razonable, capaz de diferenciar entre el bien y el mal y, por lo tanto, un ser que busca la felicidad, aunque las circunstancias le lleven siempre al extremo del dolor y la soledad. Al final se convierte en un ser tan siniestro que es capaz de burlarse de su creador cuando remata su tarea de venganza en la noche de bodas de aquel. Escenas como ésta son las que suscitaron un gran escándalo cuando se supo que la autora de la novela era una mujer. ¿Cómo podía una mujer haber imaginado una historia tan escabrosa? ¿Cómo podía haber tomado con tanto acierto el espíritu científico de la época y transformarlo en una pesadilla? Auqnue muy popular en su época y hasta nuestros días, la novela tardó casi dos siglos en ser tomada en serio en círculos académicos. Es preciso leer Frankenstein como una obra total e independiente de sus versiones cinematógraficas que, si bien han conseguido agrandar el mito, han desvirtuado en parte la esencia de un ser que, lejos de ser enteramente monstruoso, en cada ocasión que se le deja hablar, discurre como un auténtico filósofo, un filósofo atrapado en el sueño del razón que deviene en pesadilla.

viernes, 13 de abril de 2018

ARMAS DE DESTRUCCIÓN MATEMÁTICA (2016), DE CATHY O´NEIL. CÓMO EL BIG DATA AUMENTA LA DESIGUALDAD Y AMENAZA LA DEMOCRACIA.

A todos nos ha pasado alguna vez: hemos realizado alguna búsqueda en internet - vuelos, libros, ropa... - y curiosamente la publicidad de las páginas que visitamos habitualmente se transforma y se vuelve más tentadora, se adapta a nuestros gustos e intenta seducirnos. Si no consumimos en aquella búsqueda, para que lo hagamos esta vez. Si lo hicimos, para que consumamos más. Internet analiza nuestra navegación y cada vez hila más fino para actuar en consecuencia. A las internacionales no le interesan tanto nuestros datos personales como nuestros gustos y debilidades de consumo. Cuando nos conocen un poco en este aspecto, nos clasifican, nos analizan y nos vuelven a clasificar junto a otros miles de usuarios que son nuestras almas gemelas en cuanto a gustos y compras.

Durante años Cathy O´Neil, brillante matemática, trabajó desarrollando algoritmos para empresas que estaban empeñadas en racionalizar el casi infinito torrente de datos que destila internet cada minuto y aprovecharlo para lanzar nuevos productos, desechar cierto tipo de clientes o para potenciar otros. Se trata de clasificar y clasificar hasta simplificar el procedimiento y filosofía de ventas y detectar necesidades (reales o ficticias) y vulnerabilidades psicológicas en el consumidor:

"El mundo real, con todo su desorden, es considerado (...) como un mundo aparte. Tienden a sustituir a las personas por rastros de datos y convertirlas así en compradores, votantes o trabajadores más eficaces con el propósito de optimizar ciertos objetivos. Es fácil de hacer y de justificar cuando el éxito llega como puntuación anónima y las personas afectadas son tan abstractas como los números que van pasando por la pantalla." 

En Armas de destrucción matemática O´Neil denuncia ante todo el aprovechamiento de este nuevo petróleo que son los datos por parte de las clases más acomodadas para consolidar - aún más - su poder y su dinero. Además, utilizan un arma aséptica, contra la que su víctimas no pueden rebelarse, puesto que no existe un ser humano al que culpar de los errores que pueden cometer los algoritmos. Pero la utilización del Big Data no solo se usa para comerciar: también las administraciones públicas empiezan a conocer su peligroso atractivo. Ya se han realizado experimientos con la policía, analizando las zonas dónde es más probable que se cometan delitos, las horas y e incluso quienes son los potenciales delincuentes, lo que hace que muchos inocentes se vuelvan de repente sospechosos (por contar con una serie de características que ha localizado el algoritmo) y sean acosados por las fuerzas del orden. Pero lo más atractivo para los políticos es la posibilidad de dirigirse a cada votante con el mensaje que cada cual quiere escuchar, conociendo las inquietudes de ciertas zonas y de ciertos tipos de personas. Ya hay sospechas, muy fundamentadas, de que se ha empezado a utilizar este mecanismo perverso en la campaña que llevó a la Casa Blanca a Donald Trump:

"La convergencia del big data y el marketing de consumo ha entregado a los políticos nuevas herramientas mucho más poderosas. Ahora pueden dirigirse a microgrupos de ciudadanos para conseguir votos o dinero y para atraerlos con un mensaje meticulosamente pulido, un mensaje que probablemente nadie más vea. Puede ser un banner de Facebook o un correo electrónico solicitando fondos. Y cada uno de ellos permite a los candidatos vender silenciosamente múltiples versiones de sí mismos... y nadie sabe qué versión será la que ocupará el despacho después de la toma de posesión."

El Big Data ya está afectando - casi siempre negativamente - a la vida de muchos ciudadanos, sobre todo en Estados Unidos, país pionero en todo tipo de tendencias que se extienden rápidamente por todo el mundo. Trabajadores que han de enfrentarse a horarios de locos en pos de la eficiciencia de la empresa, servidos en bandeja por programas que analizan el flujo de clientes hora a hora. Gente sin empleo, muy vulnerable, a las que se les ofrece carísimos cursos universitarios bajo la promesa de prestigio y un empleo seguro y a los que en realidad se somete a una espiral de deudas o gente que es clasificada, muy a su pesar, en ciertos grupos de riesgo, lo cual los somete a primas de seguro abusivas. 

Este es el nuevo mundo al que nos enfrentamos, un futuro inevitable, ya que todos aportamos nuestros granito de arena otorgando datos de nuestros gustos, costumbres, itinerarios, salud o estudios en redes sociales, navegación por la web o a través de aplicaciones de teléfonos móviles. Por muy prudentes que seamos a nivel individual, si tenemos la desgracia de ser clasificados en ciertos grupos de riesgo, nuestra existencia se puede ver dificultada en los más diversos aspectos. Armas de destrucción matemática se convierte así en una advertencia amarga escrita por una profunda conocedora de las interioridades que construyen la nueva realidad a la que ya estamos siendo sometidos.

viernes, 6 de abril de 2018

UN ANDAR SOLITARIO ENTRE LA GENTE (2018), DE ANTONIO MUÑOZ MOLINA. LAS ENSOÑACIONES DEL PASEANTE SOLITARIO.

Caminar no solo sirve para desplazarnos de un lado a otro. También sirve para hacer ejercicio y, sobre todo, para observar a nuestros semejantes, las arquitecturas que nos rodean y reflexionar acerca de la forma de vida capitalista que hemos adoptado como propia. Con este propósito parte el libro más experimental de Antonio Muñoz Molina, uno de los escritores españoles que más prestigio internacional ha adquirido en las últimas décadas. Un andar solitario entre la gente se compone de literatura de fragmentos. De reflexiones del caminante que se van plasmando en un cuaderno. Pero el escritor lleva su propuesta un poco más allá. Quiere ser un observador total, registrar cada fragmento de realidad (en muchas ocasiones va grabando todos los sonidos de los lugares por los que pasa con su móvil), como si se tratara de una especie de cronista del presente inmediato. Por eso no es raro que lo que más llame su atención sean los anuncios que se encuentran a cada paso, esas frases dirigidas en primera persona al lector, que lo tutean e intentan seducirlo para que adquiera un producto. Cada uno de los párrafos del libro van precedidos de una de estas frases que pretenden ser impactantes y que, hoy por hoy, también son una forma de literatura.

Uno de los aspectos que más llaman la atención de la nueva propuesta de Muñoz Molina es que su elaboración se ha tornado una especie de obsesión por parte del autor, recopilando horas de grabación y cientos de páginas de escritura, para poder seguir con el vicio de caminar cada día al encuentro del azar:

"No elijo los itinerarios más rápidos, sino los que me parece que serán más provechosos. Casi no voy en bicicleta y nunca en taxi. Voy caminando o en metro. Las preocupaciones y las obsesiones se disuelven en la observación incesante. Soy no lo que pienso o recuerdo o imagino, sino lo que van viendo mis ojos y lo que escuchan mis oídos, el espía en la misión secreta de percibirlo todo, de coleccionarlo todo."

Pero el escritor no está solo en sus caminatas, se hace acompañar por ilustres predecesores, como Thomas de Quincey, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire y, sobre todo, por ese mártir de la literatura y el conocimiento que fue Walter Benjamin. Muñoz Molina intenta a veces seguir sus pasos - cuando está en París o en Nueva York - como si sus pisadas fantasma de sus antiguos itinerarios siguieran impresas en las aceras. Mientras tanto, hay tiempo para hablar de todo, para describirlo todo. El torrente verbal del autor de Sefarad encuentra una nueva versión en esta historia sin principio ni final, caótica como la vida misma, tomando unos riesgos muy propios de un escritor que ya ha demostrado su capacidad en el pasado:

"Me gusta la literatura que me trastorna y me embriaga como vino o música, que me saca de mí, que me fuerza a leerla en voz alta y a favorecer su contagio, que me explica el mundo y me pone en pie de guerra con el mundo y me refugia de él y me revela con la misma vehemencia todo su horror y toda su belleza."

Un andar solitario entre la gente no es un libro propio para todos los paladares. Para abordarlo es necesario contar con un estado de ánimo sereno y disfrutar con las observaciones, a veces puntillosas hasta lo obsesivo, de un escritor que quiere explicar el mundo o al menos una parte del mismo. Y después de la lectura, lanzarse a recorrer caminatas propias que nos permitan observarlo todo y analizarlo todo, aunque nunca lleguemos a entender nada del todo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

BIOGRAFÍA DEL SILENCIO (2012), DE PABLO D´ORS. BREVE ENSAYO SOBRE LA MEDITACIÓN.

El comentar que la vida actual no nos deja tiempo para dedicarnos a nosotros mismos es uno de esos tópicos de cuya certeza prácticamente nadie duda. Quienes tienen que compatibilizar el ser padres con trabajos cada vez más estresantes y exigentes, solo piensan en volver a casa para cenar y quedarse dormidos viendo la tele. Así que hablar de dedicar un espacio diario a la meditación en estos tiempos resulta algo casi extravagante. Pero esta es la propuesta que realiza el escritor y sacerdote Pablo d Ors, en un ensayo tan pequeño como intenso y honesto. 

D Ors no quiere engañar al lector: él parte de su experiencia personal y de su técnica de meditación: la más dura y cruda, consistente en sentarse a solas y en completo silencio, en una postura vagamente incómoda y dejar a la mente a su libre albedrío. Una actividad a la vez sencilla y complicada, desesperante y, según nos dice él, intensamente terapeútica. Si a diario la publicidad nos machaca con la necesidad de que vivamos experiencias cada vez más intensas, las coleccionemos y las subamos de inmediato a nuestras redes sociales. Según el autor, es mejor tener pocas experiencias, pero que éstas sean de calidad durarera, de ritmo pausado, que nos marquen y nos cambien. En realidad la meditación consiste en simplificar el mundo para comprenderlo mejor y advertir hasta que punto formamos parte del mismo:

"Para alguien como yo, occidental hasta la médula, fue un gran logro comprender, y empezar a vivir, que yo podía estar sin pensar, sin proyectar, sin imaginar, estar sin aprovechar, sin rendir: un estar en el mundo, un confundirme con él, un ser del mundo y el mundo mismo sin las cartesianas divisiones o distinciones a las que tan acostumbrado estaba por mi formación." 

La meditación se define también como una especie de filosofía del presente, en la que no caben miedos ni ansiedades. Además, es posible que con ella nos conozcamos mejor (al yo del presente) y nos perdonemos a nosotros mismos nuestras acciones erróeneas del pasado. Además, también ayuda a construir herramientas íntimas que permitan afrontar los problemas futuros, hasta el punto de lograr no darles importancia, vivirlos como eventualidades lógicas de nuestro ciclo vital, sin dramas y, por lo tanto, sin sufrimientos inútiles.

"La práctica de la meditación a la que me estoy refieriendo puede seguramente resumirse en saber estar aquí y ahora. No otro lugar, no otro tiempo. (...) Queremos estar con nosotros: nuestra inconsciencia habitual lo rehuye, pero nuestra conciencia más honda lo sabe."

Por supuesto que se trata de un viaje difícil. Los resultados nos son rápidos y a veces no llegan nunca. Personalmente, nunca he practicado meditación. Supongo que será por falta de paciencia, más que de tiempo y que mi mejor forma de relajarme, de encontrarme conmigo mismo, se produce cuando estoy en silencio con un buen libro entre las manos. Quizá algún día pruebe la interesante propuesta de D´Ors, pero no será pronto, creo. La promesa del fin de los miedos y la ansiedad que continuamente atenazan al ser humano es muy tentadora, pero el camino muy árido. Lo mejor es acercarse a este librito, que casi se lee de una sentada y que cada uno le saque el provecho que mejor convenga a su forma de vida.

lunes, 26 de marzo de 2018

TRES ANUNCIOS EN LAS AFUERAS (2017), DE MARTIN MCDONAGH. EL DISCURSO MÁS INQUIETANTE.

Está bastante claro que las libertades artísticas viven un moneto de regresión en occidente. Y la razón no es el advenimiento de una nueva ola de totalitarismo, como la que acechó a Europa en los años treinta - aunque la llegada de Trump a la Casa Blanca pudiera hacer pensar lo contrario -, sino la dictadura de lo políticamente correcto, cada vez más evidente en los últimos productos que Hollywood está produciendo. Es estupendo que se lancen nuevas historias protagonizadas y dirigidas por mujeres y que otorguen visivilidad a minorías que hasta ahora solo han tenido cabida en la pantalla grande como estereotipos. Un ejemplo positivo de esta nueva tendencia es la magnífica serie Happy Valley, que muestra a una protagonista cuya heroicidad cotidiana es tan humana como imperfecta, por lo que sus capítulos se insertan en una realidad verosímil. Pero, al final, el infierno está empederado de buenas intenciones: decirle a los creadores qué historias deben contar, qué género deben tener sus protagonistas, qué razas son las opresoras y cuáles las oprimidas hace que surjan productos tan inverosímiles como la nueva película de McDonagh, que suspende absurdamente su credibilidad en pos de un discurso ideológico muy concreto.

Tres anuncios en las afueras (y aviso que a partir de aquí voy a desvelar partes esenciales de la trama), nos presenta a Mildred Hayes, una mujer madura que acaba de perder a su hija de la peor manera posible: violada y asesinada. Como estima que la policía de su localidad no ha hecho gran cosa para capturar al asesino, decide denunciar la situación pagando la instalación de tres anuncios en las afueras del pueblo que culpabilizan directamente al jefe de policía, William Willoughby, un profesional honesto y muy apreciado por sus conciudadanos y que, para más inri, es víctima de una enfermedad terminal, aunque eso no le impide seguir vistiendo el uniforme.

Con esta premisa de inicio, el conflicto entre la madre coraje y el resto de los personajes está servido. Mildred no acepta las explicaciones que le da el jefe de policía en el sentido de que se ha hecho todo lo posible por resolver el caso. Ella es una madre justificadamente airada, que no es capaz de observar nada más allá de su dolor. Para complicarlo todo más aparecen en escena otros elementos: un policía racista y el marido de Mildred, un maltratador que la ha dejado para irse a vivir con una jovencita de diecinueve años. Ya antes del asesinato de su hija la vida de Mildred era un eterno conflicto familiar. En cierto momento de la película nos enteramos que la noche fatal de la violación y asesinato, se negó a dejarle el coche a su hija. "Pues volveré andando, puede que me violen", le dice la hija. "Ojalá te violen", contesta la madre. Todo muy tremendo.

Pero es que Tres anuncios en las afueras no solo dibuja situaciones y personajes con trazo grueso, sino que suspende la credibilidad de la trama en numerosas ocasiones: el policía racista le pega una paliza a un ciudadano y lo arroja por la ventana a plena luz del día y frente a la comisaría. El nuevo comisario - un negro que llama blanquitos a sus subordinados - asiste impasible a la escena y luego le pide la placa y el arma al violento policía y le deja ir a casa, como si un intento de asesinato realizado por un representante de la autoridad no tuviera más consecuencias. Esa noche, Mildred, harta de todo, arroja numerosos cócteles Molotov a la Comisaría y la incendia. Al parecer, la Comisaría tiene un horario parecido al de El Corte inglés y cierra por las noches, aunque, a diferencia de los grandes almacenes, la policía no estima que haya que dejar en la misma vigilancia alguna. Casualmente, el policía racista, que ha sido suspendido en la escena anterior, estaba dentro, porque le han dejado realizar una última visita, a solas, para recoger una carta que le escribió el jefe de policía poco antes de suicidarse, para evitar a su familia la agonía de verle sucumbir a la enfermedad. A punto de morir abrasado, el policía racista es ingresado - también casualmente - en la misma habitación del joven al que ha estado a punto de matar. Como es lógico, el joven, al reconocerle, le perdona de inmediato y le ofrece un zumo en señal de amistad. Como es lógico también, la consecuencia de todo ello es que el policía racista cambie de repente y se convierta de la noche a la mañana en un ser concienciado, hasta el punto de que convierta la lucha de su hasta entonces odiada Mildred en una cruzada personal.

Pero es que no acaban aquí las escenas surrealistas: en un determinado momento Mildred recibe la visita de su marido, el maltratador. Como éste no soporta su actitud borde y su lenguaje soez, no se le ocurre otra cosa que agarrarla fuertemente del cuello contra la pared de la cocina. Viendo la situación, el hijo de ambos no duda en tomar un cuchillo y ponerlo en el cuello de su padre. A todo esto, entra en la habitación la joven novia del maltratador. Echa una mirada a la situación, sonríe y pregunta dónde está el baño. Se lo indican y los tres que estaban a punto de matarse se tranquilizan inmediatamente, se sientan a desayunar y Mildred abraza a su exmarido cuando éste recuerda a la hija muerta: todo muy creíble. Como la trama tiene que tener un final, el director se inventa la visita de un tipo a la tienda que regenta la protagonista que, sin comerlo ni beberlo, insinùa que es un violador y luego se marcha. Posteriormente, el expolicía racista escucha por casualidad a ese mismo tipo alardeando de su hazaña: se pelea con él (una sutil treta para conseguir una muestra de su sangre) y con ella va triunfante a la Comisaría de la que le echaron (por cierto, tampoco conocemos cómo es tan rápida y milagrosa la recuperación de un tipo con medio cuerpo quemado, pese a las terribles secuelas que muestra), dónde no tienen problema en cotejarla con los archivos a nivel nacional. El resultado es negativo: el tipo no es el violador de la hija de Mildred. Pero a pesar de todo, es un violador. ¿No ha alardeado él mismo de ello? ¿qué otras pruebas harian falta? Así que lo más lógico, al menos desde el punto de vista de Mildred y el expolicía racista es buscarlo y matarlo. Ni siquiera Harry el sucio se hubiera atrevido a tanto, pero así son estos tiempos. Las garantías jurídicas pueden quedar suspendidas en ciertos casos y no estaría mal - según dice Mildred en un determinado momento - crear un registro genético que incluya a todos los hombres nada más nacer, para así tener bajo a control a todos los potenciales violadores, que incluyen al cien por cien de la población masculina. Por suerte, el perturbado discurso de Mildred, propio de una madre dolorida y desesperada, es contestado por el jefe de policía (esta escena transcurre poco antes de su suicidio), recordándole que los derechos civiles todavía existen.

Desde un punto de vista formal, Tres anuncios en las afueras es una película solvente, pero con un guión desastroso, repleto de agujeros, cuyo único afán es mostrar un determinado discurso ideológico a costa de lo que haga falta. Antes, muchos críticos cinematográficos tildaban las películas de Harry el sucio o las protagonizadas por Charles Bronson en su eterno papel de justiciero urbano, como de ideología fascista, simplemente porque los protagonistas se tomaban la justicia por su mano y mostraban al espectador que sus métodos eran infinitamente más efectivos que una justicia excesivamente garantista, lenta y ineficaz. ¿De veras Tres anuncios en las afueras puede calificarse de película progresista? Y si es así ¿hasta que cotas está llegando el llamado progresismo, que era un concepto muy distinto hace solo un par de décadas?

jueves, 15 de marzo de 2018

EL FIN DE LA FE (2004), DE SAM HARRIS. RELIGIÓN VS MODERNIDAD.

La religión es una de esas instituciones creadas por los humanos que pueden permanecer durante siglos influyendo poderosamente en los comportamientos o incluso llegar a regular la entera vida social. Sin embargo, suele obviarse que muchas creencias, que en su momento vivieron su esplendor, terminaron siendo olvidadas, a pesar de que sus devotos pensaban que durarían para siempre (algo muy lógico si se piensa que la propia fe es una verdad eterna e inmutable). Que en pleno siglo XXI, una de las mayores preocupaciones de la Humanidad sea todavía el radicalismo religioso, dice mucho de la relatividad del progreso humano. 

El discurso de Harris es contundente y claro: la racionalidad y el discurso científico son infinitamente superiores a cualquier ideología religiosa basada casi siempre en escritos que pueden contar con cierta belleza literaria, pero que siempre son absurdos, enemigos de la libertad e intolerantes con otras creencias o estilos de pensamiento cuando han gozado del poder político. Las religiones no suelen evolucionar desde dentro, sino arrastradas por la marea social, que consigue que se vayan adaptando a los nuevos tiempos - siempre de manera lenta e insuficiente - para evitar desaparecer. Sin embargo, aunque han ido perdiendo capacidad de influencia, el prestigio del creyente sigue intacto. La fe es una especie de don que no puede criticarse, por lo que equipararlo a otro tipo de creencias que sí pueden ser criticadas, está mal visto:

"(...) las creencias religiosas quedan al margen de cualquier discurso racional. Se considera de mala educación criticar la idea que tenga alguien sobre Dios y la otra vida, pudiéndose criticar sus ideas sobre física o historia. (...) La fe, en sí misma, siempre es exonerada de toda culpa, en todas partes."

Pero para Sam Harris la fe religiosa puede ser la semilla que lleve nada menos que a la destrucción de la raza humana, si alguna vez los radicales islámicos se hacen con una arsenal de armas de destrucción masiva o químicas, pues esta es gente sin escrúpulos que considera que la auténtica existencia está en el más allá, lo que les lleva a cometer suicidio - lo que siempre ha sido un tabú religioso - con tal de llevarse por delante a un buen puñado de infieles. Y este comportamiento inhumano no lo provoca una interpretación errónea del Corán, sino una lectura literal del mismo, o al menos de algunas de sus partes. El que se suicida matando tiene buenas razones para hacerlo. Y éstas son escalofriantemente claras:

"¿Por qué un grupo de diecinueve hombres cultos y de clase media renunciaron a su vida en este mundo por el privilegio de matar a miles de nuestros vecinos? Porque creían que, con ello, irían directos al paraíso. No es habitual que la conducta de los seres humanos quede explicada de forma tan satisfactoria y completa. ¿Por qué somos tan reticentes a aceptar esa explicación?"

Tampoco es cierto que la religión desdeñe siempre las pruebas científicas de los hechos: se abraza a ellas fervientemente cuando éstas pueden probar alguno de los extremos de la fe defendida, aunque se desdeñen - caso de la teoría de la Evolución - cuando contradicen los escritos sagrados, aunque después tengan que rendirse a la evidencia a regañadientes. Por suerte en occidente la religión ya no está a la vanguardia del pensamiento, pero en sociedades de Oriente Medio y Asia esto está a la orden del día y todo puede ser sacrificado a la mayor gloria de Alá, derechos humanos incluidos. Si la democracia y los derechos civiles, creaciones occidentales, chocan con la religión, la democracia y los derechos civiles no tienen validez. 

Sin embargo la religión es protegida, mimada y financiada en numerosos países en los que las ideas ilustradas dejaron su huella. La fe religiosa sigue apreciándose como un elemento positivo de la vida ciudadana y su crítica profunda es algo de mal gusto: quienes la ejercitan suelen ser calificados de intolerantes. Por suerte nuestro perspectiva dista mucho de la de aquellos países en las que uno puede ser condenado a muerte por blasfemia o la máxima aspiración académica a la que se puede llegar es ser un experto recitador del Corán. Todavía queda mucho para que el mundo se vea libre de la lacra de la violencia religiosa (de la cual occidente solo recibe leves zarpazos, en comparación con el panorama de otras zonas del mundo) y libros tan valientes y polémicos como El fin de la fe, ayudan a poner en pie los términos de un debate muy necesario.

sábado, 10 de marzo de 2018

EL GATOPARDO (1958), DE GIUSEPPE TOMASI DI LAMPEDUSA Y DE LUCHINO VISCONTI (1963). EL ESPLENDOR DE LA DECADENCIA.

El de Lampedusa es uno de los casos más insólitos de la historia de la literatura. Siendo un perfecto desconocido y ya en el umbral de la muerte, entregó un manuscrito que había de ser publicado hasta un año después de su fallecimiento y por un editor distinto al que el escritor pretendió originariamente. En cualquier caso, El gatopardo fue un éxito casi inmediato, una obra maestra que gozó de un insólito reconocimiento popular y de la que muy pronto se realizó una adaptación cinematográfica que ha quedado como una de las mejores películas de la historia. El pobre Lampedusa, un hombre descendiente del esplendor de la nobleza siciliana, siempre fue un intelectual discreto: nadie habría dicho que dedicaría parte de su madurez a concebir un milagroso clásico instantáneo.

Quizá las iniciales dificultades para su publicación se debieron a la moda del momento de impregnar de sesgo ideológico izquierdista las novelas. Una narración no era válida si no era un instrumento de emancipación de la clase obrera o de denuncia de las condiciones de pobreza de los desheredados. Y El gatopardo no tiene nada de eso: se trata de una evocación casi nostálgica de un mundo que ya no existe y su transformación, lenta pero segura, en otro muy distinto, pero que en el fondo va a seguir dejando el poder y el dinero a unos pocos elegidos: todo va a cambiar para que todo siga igual.

El gran protagonista de la novela es el príncipe Fabrizio, heredero del patrimonio de la antigua familia Salina, una de las más poderosas - en un sentido casi feudal - de la isla de Sicilia. Cuando comienza la novela, con un Frabrizio ya maduro, éste ya se ha dado cuenta de que la forma de vida de sus antepasados está en decadencia: Garibaldi acaba de desembarcar en la isla y ha comenzado lo que muchos esperan que sea una revolución emancipadora para los de abajo y otros - los más inteligentes o menos escrupulosos -  sienten como la oportunidad de hacerse con los privilegios y propiedades de la nobleza para fundar nuevas y poderosas dinastías. El representante más obvio de esta tendencia es don Calogero, un hombre de orígenes humildísimos, cuyo talento natural para bregar e ir acumulando una gran fortuna al albur de los acontecimientos y convertirse en un mediador entre la antigua nobleza y los nuevos gobernantes de Italia.

Pero quizá el personaje más inteligente de todos sea el de Tancredi, el sobrino de don Frabrizio, un joven inteligente y audaz, que comprende enseguida que la situación exige una alianza con el vencedor y desde primera hora lucha junto a las tropas de Garibaldi, tratando así de proteger los intereses de su familia, así como los suyos propios: su matrimonio con la bella hija de don Calogero va a suponer simbólicamente la unión de lo antiguo y lo nuevo que va a permitir que las cosas parezcan cambiar para que al final todo siga igual. No obstante, el orgullo de las antiguas familias permanece. Aunque tengan que empezar a relacionarse con arribistas, el sentimiento de superioridad queda intacto:

"Nosotros somos leopardos y leones, quienes tomarán nuestro lugar serán hienas y chacales. Pero los leones, leopardos y ovejas seguiremos considerándonos como la sal de la tierra."

Junto a la decadencia de su familia, don Frabrizio tiene tiempo de reflexionar sobre la decadencia propia, acerca del sentido de su vida y de su posición en el nuevo mundo, una realidad en la que debe sufrir humillaciones tan indignantes para sí mismo como inapreciables para el común de los mortales. No obstante, de algo sí que está seguro: Sicilia jamás progresará al ritmo del resto del país. El Sur es un país anquilosado, pagado de sí mismo y demasiado orgulloso de su pasado y su presente como para pensar en cambios:

"(...) los Sicilianos jamás querrán mejorar por la sencilla razón de que se creen perfectos; en ellos la vanidad es más fuerte que la miseria; toda intromisión de extraños (...) es un ataque contra el sueño de perfección en que se hallan sumidos, una amenaza contra la calma satisfecha con que aguardan la nada. (...) La razón de esa diferencia debe buscarse en el sentimiento de superioridad que brilla en la mirada de cualquier Siciliano, y que nosotros llamamos orgullo pero en realidad es ceguera."

La adaptación que realizó Visconti recoge fielmente el espíritu de la novela, basándose en una puesta en escena fastuosa y en una elección de reparto realmente acertada. Quizá el único pero que cabría ponerle a la película es la escena de la toma de Palermo por las tropas garibaldina, tan artificiosa y poco realista que resulta un poco ridíciula vista hoy día, pero este pequeño escollo no obsta para que el resto del conjunto conforme una auténtica obra maestra que hace justicia al maravilloso texto en el que se basa.